De la cuna a Bolaño

Autor/a: el 8 noviembre, 2009

Hace mucho años, un amigo me dijo que en Moby Dick, el libro, estaba todo. Toda mi vida pero también la vida de todos los demás. Mi amigo pasaba por entonces por un periodo de mutación y estoy seguro de que alguien le contó algo que él no asimiló del todo correctamente pero es cierto que algunas de esas inabarcables novelas contienen tanto que casi contienen de todo. Por ejemplo, la póstuma de Roberto Bolaño. 2666 es una novela construida por muchas novelas y cada una de ellas es un pozo de historias. Se puede leer casi cada asesinato de mujeres en Ciudad Juárez pero también se puede leer sobre literatura alemana, la Segunda Guerra Mundial o, sorpresa, el nuevo paradigma sobre sostenibilidad. Aquí va eso:

“Su simbiosis con el ecosistema en el que vivían era total. Cuando cortaban las cortezas de algunos árboles para utilizarlas en el suelo de las cabañitas que construían, en realidad estaban contribuyendo a que los árboles no enfermaran. Su vida era similar a la de los basureros. Ellos eran los basureros del bosque”.

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En efecto, dentro de las más de 1.100 páginas de 2666 hay unas pocas frases que podrían estar impresas en Cradle To Cradle (De la cuna a la cuna), de Michael Braungart y William McDonough. Este librito de 2003, editado originalmente en papel biodegradable, supone una revisión de los presupuestos ecologistas de la que todavía muchos, incluso muchos que se consideran tal cosa, no se han dado por enterados. Un paso más allá a eso de reducir, reutilizar y reciclar que aún se sigue recitando incluso en campañas publicitarias. Según sus autores, lo verdaderamente responsable y necesario (y posible) no está en esas tres erres sino en algo tan sencillo, infoensivo y productivo como lo que hacían los indios de Borneo del libraco de Bolaño. Aquí va esto otro:

“Los sistemas naturales toman de su entorno, pero también devuelven algo. El cerezo deja caer sus pétalos y sus hojas mientras recicla agua y produce oxígeno; la comunidad de hormigas redistribuye los nutrientes del suelo. Podemos seguir su ejemplo para construir un compromiso más excitante con respecto a la naturaleza: seamos socios. Podemos construir fábricas cuyos productos y desechos alimenten al ecosistema con materiales biodegradables, y mantener en circulación materiales técnicos en lugar de tirarlos, quemarlos o enterrarlos. Podemos diseñar sistemas que se autoregulen. En lugar de utilizar la naturaleza como mera herramienta al servicio de los objetivos de los humanos, podemos progresar hasta convertirnos en herramientas de la naturaleza que también sirvan para dichos objetivos. Podemos celebrar la fecundidad del mundo en lugar de perpetuar una forma de pensar y de hacer que la destruye. Porque disponemos del sistema correcto -un sistema creativo, próspero, inteligente y fértil-, podemos ser muchos y hacer muchas cosas y, como las hormigas, seremos efetivos”.

Es improbable que Bolaño conociera las teorías de la cuna a la cuna antes de escribir su libraco, por aquello de que la muerte le pilló en mal momento. Lo fácil es que el chileno reparase en esos indígenas a través de alguna lectura antropológica y decidiera incluirlos en su libro. Lo normal es que le llamase la atención aquella forma de vivir tan rara, empeñada en seguir el curso de la naturaleza y no en cambiarla, que decidiera hacerle un hueco en su última obra. Lo curioso es que lo lógico es lo que hacen esos indios ni lo que proponen Michael Braungart y William McDonough y no lo que seguimos haciendo nosotros. Y así nos va.

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