En busca de la felicidad

Autor/a: el 23 febrero, 2015

Seguramente, el título de este post nos recuerde a la película de Gabriele Mucino, protagonizada por Will Smith y su hijo Jaden Smith. Quien la haya visto sabrá que la película lleva implícita muchos mensajes, pero quizá, el más recurrente sea “no rendirse nunca pese a las adversidades”. Como suele pasar, es al final del largometraje cuando el protagonista alcanza la felicidad.

Pero ¿qué es la felicidad? El concepto de la felicidad ha sido motivo de reflexión de numerosos filósofos, poetas y escritores en todas las épocas: “La felicidad consiste en hacer el bien” (Aristóteles); “Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una” (François Marie Arouet Voltaire); “He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola“, José Luis Borges…

La felicidad es hoy también objeto de estudio para muchos economistas e investigadores, que hasta ahora han intentado medirla y relacionarla con algunas variables económicas tradicionales como renta, desempleo, inflación… Esto es así porque vivimos en una sociedad en la que se nos ha inculcado que cuanta más riqueza y más bienes se tengan, más felices somos. Dicho de otra forma: la economía asume que el bienestar material es una condición sine qua non para alcanzar el bienestar y la felicidad. Los políticos también han asumido esta idea y, como consecuencia, la evolución del PIB y las tasas de crecimiento de éste continúan siendo objetivos elementales de la política económica.

Estemos más o menos de acuerdo con esta suposición “cuanta más riqueza, mayor felicidad”, lo cierto es que también existen un gran número de estudios que arrojan serias dudas acerca de dicha hipótesis.

 

Felicidad

 

Felicidad sostenible

Hace 40 años, el rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, decidió que la felicidad era más importante que la economía, y antepuso la Felicidad Interna Bruta (FIB) al Producto Interior Bruto (PIB). Para este país, el mejor método para medir el progreso y la calidad de vida de un país es la felicidad de sus habitantes.

Lo que en un principio se percibió como la ocurrente idea de un monarca de un diminuto país asiático, fue ganando cada vez más adeptos entre académicos y políticos. Con la crisis económica se hizo necesario revisar el modelo de crecimiento actual y las prioridades en la política. Si el PIB nació como medida de cálculo para evaluar la recuperación económica tras la Depresión, las nuevas propuestas de medición de la felicidad son una contestación a la crisis económica y de valores que atraviesa la sociedad actual.

La Asamblea General de la ONU lo percibió así, y en 2012 -a petición del Reino de Bután- decidió dedicar una efeméride a la Felicidad, el 20 de marzo. Un año más tarde, publicaron su primer informe mundial sobre el tema, en el que se analizaron seis variables: la renta per cápita, ayudas y apoyo social, esperanza de vida, percepción de la corrupción, prevalencia de generosidad y libertad para tomar decisiones. Entre otras conclusiones, el índice revelaba una creciente demanda internacional para que las políticas públicas estuvieran más cerca de lo que les preocupaba a la gente.

Otro estudio conocido a nivel internacional es el “Índice del Planeta Feliz” (en inglés, Happy Planet Index), elaborado por la Fundación de Nuevas Economías (NEF). Éste se calcula según la esperanza de vida, la percepción subjetiva de felicidad y la huella ecológica. Además el índice se complementa estudiando el PIB y el IDH (Índice de Desarrollo Humano) de los países, para tomar en cuenta la sostenibilidad, solvencia económica y el estado económico en el que se encuentra cada país.

Y la conclusión es que no vivimos en un planeta feliz, porque ningún país es capaz de combinar con éxito las tres variables: una alta esperanza de vida, una alta sensación de felicidad y vivir en un entorno ecológico.

Habrá que seguir en busca de la felicidad…

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