Luces y sombras

Autor/a: el 20 enero, 2015

Me llamo Jonás y estoy dentro.

Un caballero muy atento ha puesto encima del mostrador diez modelos distintos de bombillas de bajo consumo. Sudo, no sé cuál elegir, siento que detrás de su amable sonrisa se esconde un profesor de física cuántica. ¿Elegiré la correcta?

Vivo en una casa de tres pisos, cinco habitaciones, tres baños, un salón, pasillo largo, muy largo, 85 escalones, una cocina, siete armarios empotrados. Solo, vivo solo.

Quiero luces de bajo consumo, quiero cambiar, necesito cambiar, tengo una cena el sábado con unos amigos y ha llegado el momento de contarles que he cambiado. Necesito que sepan que he cambiado, no puedo seguir así. Ya está. He cambiado.

– Perdón caballero, ¿qué uso le va a dar a las bombillas? ¿Cuántas bombillas necesita?

– Muchas, necesito cambiar. Quiero cambiar.

– Está usted en el sitio perfecto, pero para ayudarle a cambiar necesito que me diga para qué quiere las bombillas, ¿cuántos puntos de luz tiene su casa?

– Cuarenta puntos de luz. No, cuarenta y ocho, no había pensado en el pasillo y el trastero. También tengo trastero.

– Perfecto, le recomiendo este modelo, casquillo estándar, luz blanca de media intensidad. No molesta a los ojos, podrá leer en toda la casa. Usted tiene pinta de ser un gran lector, ¿me equivoco?

– No, no se equivoca, me encanta la lectura. Me llevo todas.

– Perfecto, ¿le puedo hacer una pregunta?

– Claro, dígame.

– ¿No tiene ninguna bombilla en casa?

Ya sabía yo que detrás de esa sonrisa había algo extraño. ¿Por qué me ha hecho esa pregunta? He decidido cambiar y no me va a dejar, no me quiere dejar.

Mi cena necesita cuarenta y ocho bombillas. ¿Qué le voy a decir? ¿Se puede cambiar sólo con tres bombillas de bajo consumo? Necesito más.

– Perdón señor. ¿Va a cambiar usted todas las bombillas sin estar fundidas?

Este dependiente de los cojones empieza a ser un poco impertinente. Él no conoce a mi amigo Carlos, profesor de biología aplicada experto en artes marciales y profesor de yoga belga. ¿Quién le dice a Carlos que he cambiado con sólo tres bombillas? Tres es una mierda. Una auténtica y mísera mierda. Todavía me acuerdo de cuando fuimos a cenar a casa de Carmen, su novia. Pobrecilla. Fue ver la paleta de plástico en la cocina y se cerró en banda. Él así no se comía los huevos. Vaya huevos. Su novia llorando. No sabíamos dónde meternos, qué noche.

– ¿Qué hago? ¿Usted qué me recomienda?

– Yo le sugiero que se lleve cinco bombillas, cambie las tres que tiene fundidas, vea que tal le resultan y si le gusta la luz y se siente cómodo, venga a por más. Las otras dos son por si, mientras se decide y encuentra tiempo para venir a por más se le funden otras, para que tenga de repuesto.

Este es un listillo. ¿Quién le explica esto a Carlos? Bueno, quizás Sofía me ayude, es sicóloga de buceadores y está acostumbrada a trabajar bajo presión. Sí, ella puede ser de gran ayuda.

– Sí, pero póngame quince, por favor.

– Muy bien señor, le preparo el paquete y mi compañera de caja le cobra.

– Muchas gracias, le estoy muy agradecido.

Cinco luces en el salón, dos luces en la cocina, dos luces en el cuarto de baño, tres luces del pasillo, una luz de la bodega, dos luces del pasillo desde el recibidor al hall. Hostias, el hall.

– Perdón, por favor, póngame dos más. No, cinco, que tengo tres fundidas.

 

Sábado, nueve de la noche, suena el timbre.

– Hola Carlos ¿Cómo estás? ¿Vienes sólo?

– Sí, pensaba que te lo había dicho Sofía.

– ¿El qué?

– Carmen me ha dejado.

– Vaya, no lo sabía. Lo siento, ¿fue duro?

– Si te soy sincero, bastante. Me dijo que estaba cansada de mí, que no soportaba mi manía con el plástico, que desde que se operó de las tetas ya no se las tocaba. ¿Tú te crees? Se lo dije, pero ella quería, le gustaba, se sentía bien. ¡Qué coño! Le apetecía.

– No sabía que se había operado. Claro, yo siempre la he conocido así.

– Sí, fue antes de conocerte. Yo pensaba que siendo silicona me iba a dar igual, pero macho, imposible. No podía.

– Ya, claro. Lo entiendo.- Que cojones iba a entender.- Una pena, Carmen me parece una tía fantástica. Pero pasa, no te quedes en la puerta. Sofía ya está aquí.

Dios, he cambiado.

Vino, mucho vino, más vino. Vaya borrachera. Pues Carlos sí que está jodido. Nos ha reconocido que a veces sueña con una muñeca de plástico. Se levanta sudado y erecto.

Sofía alucina, nos cuenta que algo parecido le pasó a un buceador que trabajaba en una plataforma petrolífera en el Golfo Pérsico. Se veía a si mismo caminando por el desierto ahogándose. Un día no se despertó, no estaba erecto pero sí ahogado.

Vino más vino, joder cuanto vino. Gin tonic, Dios, que trompa.

– Jonás, perdona pero no voy a poder coger el coche. Así no puedo, como me paren me van a quitar los puntos de la hostia que me dio mi hermano cuando tenía dos años.

– Carlos, no te preocupes, hay camas de sobra. Vete a la habitación de invitados. ¿te acompaño?

– No te preocupes, no creo que me encuentre a ningún guardia civil por el pasillo.

– Buenas noches.

– Buenas noches.

 

– Jonáaaaaaaaasss…

 

***

Detrás de este pequeño cuento que escribí para el libro colaborativo Changemarketers, del autor José Carlos León, se encierra una de las claves en la gestión de la comunicación y el marketing en temas relacionados con la sostenibilidad, RSC o incluso la acción social.

¿A partir de qué momento estoy legitimado para compartir que hemos abordado determinadas políticas de sostenibilidad en mi organización? Independientemente del tamaño, implementar cualquier política lleva tiempo. Un tiempo que, en ocasiones, puede suponer una pérdida de oportunidades. ¿Qué hacemos?

Los que nos dedicamos a esto vivimos peligrosamente entre la gestión de riesgos reputacionales y la pérdida de oportunidades de negocio. Muchos de los enfrentamientos entre las direcciones de comunicación y las de marketing relacionadas con la sostenibilidad giran en torno a este dilema.

¿Cuál es la solución? ¿Hay una fórmula mágica? Yo personalmente no la conozco. Cada momento, cada empresa, cada mercado nos marca la pauta.

Lo que sí que considero que ayuda a gestionar los tiempos a nuestro favor y minimizar los riesgos son tres pequeñas claves:

1-. Seamos humildes: nadie nos está pidiendo que seamos perfectos. No es creíble y además es imposible.

2.- Seamos serios: nadie espera de nosotros que cambiemos de la noche a la mañana. Si era tan fácil por qué no lo hiciste antes.

3.- Seamos honestos: nadie tiene por qué llamarnos mentirosos si nunca lo fuimos.

 

Si conoces algún Jonás, cuéntale un cuento.

(Foto: Alexander Kandler)

 

Compartir

 

0 comentarios

Deja tu comentario

Nos interesa tu opinión
Escribe un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *