"Me gusta", "hacerme fan" "me siento orgulloso"

Autor/a: el 26 diciembre, 2011

Desde hace tiempo ando dándole vueltas a la cabeza al papel que juegan las marcas y sus Compañías en una sociedad, la europea, en revisión de su modelo de bienestar social. Y desde este prisma, el grueso de mensajes que recibo entran dentro de la categoría de “lo banal” o de “oidos sordos”. Y digo esto de forma inclusiva y participativa.

Desde los lares corporativos de las Organizaciones con reminiscencias de “compromiso social” se habla mucho o muchísimo de Reputación Corporativa. Y dependiendo de quién lo diga o lo mida se argumenta de una u otra forma. ¿Qué significa la reputación de una organización o una marca en un contexto como el actual? ¿Significa lo mismo esa reputación para un accionista pro-mercados, un cosumidor en paro o un empleado agarrasillas?  ¿Es posible pensar que sí sería posible este alineamiento?.

Son muchas las empresas que miden, con presunción de criterio, la reputación de las Organizaciones y Ejecutivos, pero tengo mis dudas sobre el significado real de que el Sr Botín sea un hombre con mucha reputación o que Telefónica ande fantásticamente bien con su Señora Reputación.

Según los expertos esta buena Reputación ayuda a minimizar los riesgos reputacionales: “Si cometes un error quién iba a pensar que te hubiera pasado a ti, con la buena reputación que tienes”.  Facilita eso que llaman diplomacia corporativa: “quiero esto y me resulta más fácil conseguirlo porque nadie va dudar de que yo me lo merezco”. Y por supuesto puede llegar a rozar el acto de fe: “esto es así y tú me crees porque tengo buena Reputación”.

Personalmente me gusta más hablar de Confianza que de Reputación. Creo que en estos tiempos que corren, la sociedad, donde (aunque a alguien le joda) pertecemos todos, la palabra confianza está dotada de una textura mucho más agradable que la palabra “reputación”. Sí, la confianza puede verse como una consecuencia de la buena reputación, pero la confianza tiene un no se que carnal que da calor en tiempos de frio invernal.

Y en estas divagaciones banales le doy una pequeña vuelta de tuerca a todo esto y meto la palabra “orgullo”. ¿Quién se siente orgulloso de la empresa en la que trabaja?, ¿quién se siente orgullosa de ser accionista de no se que empresa?, ¿quién se siente orgulloso de comprar no se que detergente?

Quizás es imposible asociar tan alto palabro a hechos tan banales, pero no olvidemos que estos hechos tan banales ocupan el grueso de nuestras actividades y nuestro modelo de desarrollo.

Veía ayer el discurso del Rey, con ese morbo de juicio sumario a su nuero, y más allá del “ahí te quedes”, al final de su discurso habló de ese orgullo compartido necesario para sacar el coche del fango.

Sí, mezclar las palabras Rey, orgullo y España adquiere una dimensión fascistoide próxima al aperitivo en el José Luís, pero si nos quitamos esa mosca cojonera de la cabeza, podríamos pensar en nosotros mismos como reyes de nosotros mismos. Es decir: ¿de qué estás orgulloso? ¿qué te gustaría hacer con todos esos de los que te sientes orgullosos?

¿Somos capaces de sentirnos orgullosos de algo?

Vivimos tiempos de pulsar  “hacernos fans” y pinchar “me gusta”. Quizás estos sean gestos que se encuentran en la base de la pirámide del orgullo o quizás para esto se ha quedado el orgullo.

Por cierto, ¿de qué te sientes orgullosa,  o por supuesto, orgulloso?

Comparto este vídeo del úlitmo concierto en directo de el Rey del Rock. Un orgullo.


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