Un poco más de oscuridad, por favor

Autor/a: el 2 febrero, 2012

 

Uno a veces tiene la impresión de estar atrapado en la era de las pérdidas. Frente a un siglo XX que avanzó impulsado por una cadena imparable de descubrimientos y progresos (así como un par de contundentes guerras mundiales, es cierto) parece que el bien soñado siglo XXI está empecinado en deprimirnos con una lista vertiginosa de retrocesos. Bastaría enumerar lo que estamos haciendo a nuestros océanos, bosques, cielos, subsuelos, especies, y todas las expresiones concebibles de cultura para dejar de leer. Pero no lo hagas: esta historia tiene moraleja.

El pasado sábado, el no siempre acertado Antonio Muñoz Molina, quiso llamar nuestra atención en su columna “Ida y vuelta” para EL PAÍS Babelia, sobre el tremendo efecto que la contaminación lumínica está teniendo sobre nuestras vidas. La excusa para abordar este tema es el estreno neoyorquino del documental The City Dark (cuyo trailer puedes ver más abajo). Bajo el título de “Vigilantes nocturnos” Muñoz Molina comparte con sus lectores no solamente el placer que ha supuesto el visionado de este documental y el acierto con el que su director Ian Cheney ha logrado armar una historia de alcance, sino su asombro ante lo que algunos sabíamos, muchos intuían y la mayoría sigue descocnociendo: que no hay forma de ver las estrellas en las grandes ciudades de este nuevo siglo. Citando sus propias palabras: “las constelaciones de la noche son ahora los letreros luminosos en movimiento y las cordilleras de ventanas inútilmente iluminadas de los edificios”.

Como animal de ciudad que soy, no puedo evitar una sensación contradictoria. En la que ha sido mi buhardilla-oficina en los últimos tiempos he podido admirar, cada atardecer y cada noche, la magia de los cielos cambiantes y la línea de edificios encendidos de la Gran Vía madrileña y alrededores. A veces con una hipnosis infantil de embelesamiento navideño. Pero no creo haber podido observar en esas noches las estrellas y sus constelaciones… El único recuerdo que sostengo con claridad de este tipo de avistamientos ha sido en las noches estivas de Ibiza, lejos de clubes y paseos marítimos…

¿Hace falta bombardear la noche y nuestro techo de oscuridad con este impacto de luz? Ver a pie de calle el cielo que nos corresponde como planeta es un baño de humildad (estemos o no solos en el Universo) y sobre todo un momento extraordinario de silencio, recogimiento e imaginación. El arte, la ciencia, incluso la política están poblados de hallazgos surgidos a la luz figurada de las estrellas. No digamos ya la poesía… ¿Habremos dejado de enamorarnos con la intensidad de antaño porque no hay forma de mirar a las estrellas y poner el nombre de tu amado a una de ellas?

La oscuridad es un miedo ancestral que llevamos aún marcado en nuestro mensaje de especie mortal. El tiempo vivido en las cavernas y en la oscuridad es superior al que llevamos como seres iluminados,y es comprensible que sigamos inmersos en el festín eléctrico que ha sido el siglo anterior. Pero hay que serenarse. Pensar, amar, soñar, y algunas de las cosas más hermosas de las que somos capaces como seres pensantes son viables y puede que más intensas a media luz. Sería bonito que las ciudades enormes y fascinantes que hemos construido, y seguimos elevando, pudieran regular la intensidad de su luz. Volver a ver las estrellas en nuestras ciudades nos hará, sin duda, un poco más pequeños. Pero también nos hará sonreír.

Moraleja: Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.

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